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Jamaica

Hoy me he enfrentado a la situación más irreal de toda mi vida: en la entrada del cine había un tumulto de gente alrededor de dos jóvenes jugando al ajedrez en el suelo. Uno de ellos decía llamarse el Rey del Ajedrez y retaba gratuitamente a cualquiera que se prestase a cumplir sus normas, para aderezar el ambiente al otro lado había un cartel donde se podía leer que hacía todo esto para obtener dinero con el fin de comprar un billete de avión que le permitiera ver a su padre, en Jamaica, el cual padecía una enfermedad gravísima y que hacía años que no veía.

Ante esta situación atípica (alguien con, en principio, un buen nivel de ajedrez pidiendo en la calle con dignidad) lo primero que se le pasa a uno por la cabeza no es ‘¡que desgracia!, cómo pueden ocurrir cosas así en el siglo XXI’, ni si quiera un ‘me da igual’, no; lo primero que uno piensa es ‘¿será verdad?’. Podría haberle dado los 20 euros que tenía en el bolsillo e igualmente haber pasado una buena tarde dando un paseo pero no, la precaución se impone e incluso la imaginación empieza a volar: ¿no sería más fácil que se trajera a su padre y así podría curarle aquí?, de ser verdad, ¿por qué no se pone en contacto con alguna ONG para que le ayude?, etc.

Entro en la sala y vuelve ese pensamiento: ¿podría haber puesto mis 20 euros en esa cesta y haber hecho que llegara a tiempo a ver a su padres, antes, quizá, de que el muera?, ¿le pondrán muchas pegas las autoridades?, ¿y si no lo volviera a ver?. Una película más, dos horas menos y la salida, ya no está, se fue, quizá consiguió el dinero para el billete o para su siguiente dosis. Se fue.

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